
«¿Conócete a ti mismo? Si me conociera, huiría.» Creo que lo dijo Goethe, que nunca he sabido cómo se pronuncia. En mi cabeza todo palabro extranjero suena perfect, luego al decirlo parezco un murciano con dislexia. Con perdón. Por el pleonasmo. Laura es peor, un día pronunció tan PRO «J. Statham» que saltó el diferencial de casa.

Ayer en la pisci pensaba en hasta dónde nos atreveríamos a huir. Empezar por salirte de todos los grupos de wasap. A continuación, ya puestos, cancelar toda red social. Ir liberándose como quitándote unos zapatos apretados (de las 2 metáforas, ésta era la NO desagradable). ¿Acaso, llegados a ese punto, algo nos impediría abandonar el trabajo? ¿Acaso nos detendría algo para dejar nuestra casa, nuestra ciudad…?¿Acaso algo más reconfortante que huir de nosotros, perder hasta el nombre? Y mientras salía decidido de la piscina, sin cerrar la puerta de la verja, pensé: ¿acaso no es ésta una brutal idea de, al menos, 50 likes?
Qué bonito es irse, y qué necesario dejar la puerta entreabierta.

En El Nadador de Cheever, un hombre tras una fiesta decide cruzar el vecindario de piscina en piscina, hasta llegar a su casa. Empieza resacoso tirándose de cabeza, creyéndose un osado explorador, y cada baño -de agua, de multitudes, de alcohol- le manda con hostilidad al siguiente charco hasta verse saliendo de una piscina vacía y andando solo hacia una casa también vacía, inconsciente del tiempo transcurrido, exhausto, helado, y con cara de septiembre.
El verano se va como se va todo lo que parecía bonito: dejando la puerta entreabierta.

Creo que maduramos cuando el mundo nos coge por los hombros y nos obliga a decidir. Hay niños que tienen que elegir a qué papá quieren más. Yo ni tan siquiera supe qué estudiar. El mundo me obligaba a decidir y yo silbaba mirando a los lados como un tonto. Un tonto perdido.







