Irse.

«¿Conócete a ti mismo? Si me conociera, huiría.» Creo que lo dijo Goethe, que nunca he sabido cómo se pronuncia. En mi cabeza todo palabro extranjero suena perfect, luego al decirlo parezco un murciano con dislexia. Con perdón. Por el pleonasmo. Laura es peor, un día pronunció tan PRO «J. Statham» que saltó el diferencial de casa.

Ayer en la pisci pensaba en hasta dónde nos atreveríamos a huir. Empezar por salirte de todos los grupos de wasap. A continuación, ya puestos, cancelar toda red social. Ir liberándose como quitándote unos zapatos apretados (de las 2 metáforas, ésta era la NO desagradable). ¿Acaso, llegados a ese punto, algo nos impediría abandonar el trabajo? ¿Acaso nos detendría algo para dejar nuestra casa, nuestra ciudad…?¿Acaso algo más reconfortante que huir de nosotros, perder hasta el nombre? Y mientras salía decidido de la piscina, sin cerrar la puerta de la verja, pensé: ¿acaso no es ésta una brutal idea de, al menos, 50 likes?

Qué bonito es irse, y qué necesario dejar la puerta entreabierta.

En El Nadador de Cheever, un hombre tras una fiesta decide cruzar el vecindario de piscina en piscina, hasta llegar a su casa. Empieza resacoso tirándose de cabeza, creyéndose un osado explorador, y cada baño -de agua, de multitudes, de alcohol- le manda con hostilidad al siguiente charco hasta verse saliendo de una piscina vacía y andando solo hacia una casa también vacía, inconsciente del tiempo transcurrido, exhausto, helado, y con cara de septiembre.

El verano se va como se va todo lo que parecía bonito: dejando la puerta entreabierta.

Música.

Domingo, otra vez sin avisar. Hace un rato me he puesto con la Declaración de la Renta y del tocadiscos ha salido una canción, o ni eso: un fragmento, un acorde. Y he sentido aquello de la Magdalena de Proust. Hasta ahora pensaba que los bollos sólo te podían transportar a la diabetes, pero he empezado a concatenar recuerdos…

Repentinamente he aparecido en cierto pub de la c/San Fernando de ambiente selecto («aquí no entran macuaras», decía el dueño). Es tan real que puedo sentir, oler el ambiente, y el perfume de la chica de al lado me ha transportado años atrás a un cíber, erizándome la piel al ver conectarse a la chica que me gusta al Messenger -que eran casi todas-. Llevo una camiseta a rayas azules y blancas, y de pronto se ha convertido en un baby, y voy de la mano de mi padre a la guardería.

Mi infancia fue feliz, creo. Tiendo a enterrar los recuerdos, que aparecen de forma puntual para dar orden a todo.

Faltan factores que nos ordenen hoy día, finales felices, cuentos con moraleja. Ojalá no tener que recurrir al pasado para estabilizarnos.

Soltarse del pasado y entender que no hay mejor olor que el de las tostadas del desayuno, mejor ropa que la piel, ni mejor sensación que notar las notas de música al comienzo de cada párrafo de lo que estoy escribiendo ahora mismo. Un piano con letras por teclas. El universo manda señales, vuelve a conspirar para ti, todo en su sitio, y cuando la vida te quiere devolver algo sólo puedes hacer una cosa.

La Declaración de la Renta.

Un universo.

Existe entre el universo y yo un mundo de cuerpos celestes, una armonía que cuando la miras se hace caos.

Existe entre ese mundo y yo, un mar de gente y paisajes tan plano que da vértigo al asomarse.

Existe entre la gente y yo un laberinto de calles y coches intangibles con prisas y preocupaciones palpables

Existe entre todo y yo una chica. Y entre ambos una mínima corriente de aire: existe entre ambos… pues eso, un universo.

Perderse.

Estaba en un bar, solo y con un libro en la mesa y la mirada perdida. Caí en la cuenta de que no sabía cómo había llegado allí ni sabía adónde ir, que es como todos aparecemos en los sueños y como algunos andamos por la vida, ya despiertos.

Cuando tengo dudas sobre sueños le consulto a Laura. Ella tiene dos estados: recién levantada y a punto de acostarse. Es como si tuviera su propio Principio de «Certidumbre».

No sé qué relación guardan entre sí los verbos perder y perderse. Antes me producía cierta ansiedad. Estar perdido en el pasado y lo que pudo ser; en el futuro y lo que puede que nunca sea.

Creo que maduramos cuando el mundo nos coge por los hombros y nos obliga a decidir. Hay niños que tienen que elegir a qué papá quieren más. Yo ni tan siquiera supe qué estudiar. El mundo me obligaba a decidir y yo silbaba mirando a los lados como un tonto. Un tonto perdido.

Un día me dieron el único consejo que he seguido nunca. «Tranquilo, no te esperan en ningún sitio.» Desde entonces estar perdido se convirtió en divertido, y empecé curiosamente a decidir. Por ir o quedarme, por futuros, por ella, por querer mejor y desquerer más.

Así que si alguna vez me veis desorientado, sabed que estoy bien.

O drogado.

Silencio.

Todo acaba saliendo. Saber callarse es un arte difícil de dominar y te expones a que todo lo que guardas explote. En una escena de Banda Aparte los protas deciden guardar un minuto de silencio («un verdadero minuto de silencio puede ser eterno») y a mitad, uno de ellos no puede soportarlo. Y es que un silencio puede resultar incluso ensordecedor.

Los hay también incómodos, necesarios, impuestos, inesperados.

«¿Lo oyen? Es el silencio». Rivera, asesorado por Simon&Garfunkel, introducía entre pregunta y respuesta un breve silencio, de semifusa, llegando a interrumpirse a sí mismo. Un virtuoso. No es fácil cerrar la boca.

Dicen de Italo Calvino que era un maestro. Un tipo que hoy día conversaría por whatsapp sólo con gifs, siempre en mi equipo. Coincidió, junto a otros, con un Borges ya ciego en una reunión. Cuando le presentaban a los invitados, le advirtieron de la presencia de Calvino, a lo que el argentino contestó: lo sé, le reconocí por su silencio.

Ayer me quedé mirando a Laura con silencioso pasmo, ella se adhirió a contracorriente a esa mirada, cómplice de aquel íntimo momento en el que cualquier palabra estaba de más, juntos, en aquella conexión tácita, donde en un aire ralentizado ambos resbalábamos en un paréntesis vacío, y cuando nuestras almas parecían confluir, dijo: qué, te has tirado un pedo, ¿verdad?

Lo cual me podría dirigir al inicio del texto. Así que sí, mejor estar callados, si podemos. 🤫

Belleza en gris.

En un momento, en una calle, el aire de Madrid se vuelve espeso entre su contaminación y mi sueño acumulado. Las teles de los bares emiten basura y sus camareros la sirven a precios inflados. Entre las abarrotadas calles, un señor carraspea a mi espalda y pienso que me sigue un tractor o Bad Bunny y decido entrar a una vermutería, donde me siento mirando a un enorme ventanal de la Gran Vía, con cara de Bran Stark. Cuando uno se atasca debe centrarse en lo que mejor se le da. Y me puse a beber.

Al tercer vermú, el ventanal transforma todo. El señor de fachaleco se parte el cuello girándose al cruzarse con una colombiana; la chica que se hace un selfie lleva un bolso con «Gus Van Sant» escrito y el camarero y yo acabamos unidos, como Eddie y Sarah en el Buscavidas, por el cariño que desborda a quienes se saben vacíos, y viendo un córner histórico no podemos evitar sonreír.

Creo que al mundo nunca le falta belleza.

Sólo vermú.

El otro.

No me creeréis, pero el de la foto no soy yo. Al menos el del espejo. Vi que no tenía la marca de la mejilla que me hice de pequeño por la varicela y, sospechando, le hice la foto.

Ayer al llegar a la planta baja con el ascensor, salí, pero él se quedó dentro 😳, y fue entonces cuando empecé a entenderlo todo: esa especie de «gemelo malo Hugo» debía tener la moto que nunca tuve aparcada en el garaje subterráneo. Tenía marcas en las orejas de los pendientes que nunca me puse y los tatuajes que nunca me hice. Tras la noche que conoció a Laura no volvió a hablar con ella. Nunca se fue de casa de su madre. Se preparó como Dios manda la Selectividad, cursó ADE con el dinero que le gorroneaba a sus familiares y se sacó varios Másteres en Economía, Coaching, Augusta…y montó una ‘start up’, que no salió bien, pero nunca por su culpa. Vive en Madrid donde es entrenador de algún club importante de la ciudad y va camino de ser el próximo Mourinho. Se hace el prota de cualquier fiesta o reunión epatando sin forzar y, además, tiene seguidores por miles en rr. ss.

Hoy, Laura ha coincidido con él en el ascensor. Se ha hecho un silencio incómodo durante los 3 pisos y, al llegar arriba, esta vez no se ha quedado dentro y ha decidido salir con ella.
He cogido su mano y hemos entrado a casa.

Al fin y al cabo el mundo ya tiene de sobra con un Mourinho.

Olvidar.

Hay recuerdos que por intensos o extensos se hacen imborrables. Siempre retendremos el primer beso en nuestra memoria. Y cómo olvidar a cada profesor de la Universidad (no, en serio, ¿cómo? 🤷🏽‍♂️).

Todo recuerdo inolvidable tiene un lado triste, ya que de la vivencia al recuerdo se pasa por el peaje del fracaso. Puedes vivir feliz en lo sobrevalorado de lo estable el tiempo que sea, pero caer es algo que sucede en un segundo. De ahí que cómo romperse sea lo que mejor define a una persona.

No podemos olvidar lo que nos marca, pero debemos aprender a sobrellevarlo. Lo aprendí en ‘La ruta natural’: todo tiene una lectura inversa, incluido el título. Deberíamos vivir los recuerdos empezando por el final. Finjamos que todo empieza en mil pedazos, que se unen entre sí y nos recomponen. Luego un tiempo de rutina, en el que asimilamos con calma quiénes somos los protagonistas del recuerdo. Más adelante, tras grandes experiencias, vienen la pasión y el desenfreno, mientras nos hacemos más sanos y guapos. Finalmente, y tras un beso como el primero, nos despedimos con una mirada que intuye que esa persona nos ha revuelto la vida.

Y así aprender dos cosas:
1- que para amar, como para fracasar, es necesario perder la memoria.
2- Vete tú a saber cuál era la segunda.

Esconderse.

En mis primeros partidos de fútbol estaba tan cagado que me escondía. Buscaba un rival y me pegaba a él cuando defendíamos y más aún cuando atacábamos. Bordoneaba a su alrededor como un abejorro hasta el punto de que al acabar el partido no sabía si darle la mano o un Predictor. Ahora es al contrario: esa es la diferencia entre ocultarse y esconderse. Lo que se esconde es para, tarde o temprano, ser encontrado. Y ése es el cabrón, el que siempre vuelve.

Aún así huimos a ninguna parte, como el muchacho que pretendía esquivar a la muerte en Samarra. Se esconden secretos que explotan en confesiones, besos que explotan en polvos, hasta convertirnos casi en omnipresentes, como Dios. O Rosalía.

Quizás no implique cobardía, los hay que se escondieron sumidos en éxito y grandeza. No me refiero a aquél que dice perderse para encontrarse cuando pasa el finde en una casa rural de Albacete. Desde Salinger a J. Gilberto, un huidizo Rimbaud que fue un autre por colonias africanas. Desaparecer sin más. No ser más médico de todos y paciente de nadie para así escapar hasta una cabaña en New Hampshire o una villa en la Provenza, sin más compañía que el silencio. Y la naturaleza.
Y WiFi.

A tiempo.

Nunca es demasiado tarde. Se lo leí una vez a un poeta. (¿O fue a una taza?) El caso es que creo que siempre es demasiado tarde o ni tan siquiera eso: todo tiene su momento. No soy yo de disentir por norma y menos contra el menaje del hogar, pero al final queda la sensación de que todo transita entre la puntualidad y su necesidad de madurarse.

Estoy acabando década y hay ideas que cambian desde que entré en la veintena. Para mí madurar ha sido entender que no toda opinión, gusto o creencia es respetable. Que ser resolutivo sólo trae problemas, como saber circular correctamente por las rotondas. Que el punto y coma es sexy; que lo habrá mejor pero no igual… Y que no pudo ser maravilloso lo que no fue.

Es difícil para mí no andar por el mundo como el Conejo Blanco, siempre con prisas. No es bueno dar excesivo valor al tiempo si ello conlleva ansiedad. El contrapunto está en mi amigo Mario. Él siempre llega a tiempo. Al suyo, a su ritmo. No se le puede culpar. Ese tupé no se atusa en 2 minutos. Además me consta que con frecuencia está cerca de replantearse su impuntualidad… pero es algo a lo que siempre llega tarde.