Esta mañana, al despertar, he sido consciente de que no había pasado nada. Increíble. Si bien el camino al baño suele ser un momento recurrente donde avergonzarme de mis últimas decisiones del día anterior, hoy, más que nunca, tocaba eliminar mi última entrada del blog. Una suerte de híbrido entre presagio y admonición donde concluía que hoy, al amanecer, todo se habría desmoronado. Algo debió pasar anoche. Algo debimos hacer bien, quién sabe.
Los vecinos, comerciantes, currantes, todos subían sus persianas a primera hora, desde la quietud, la normalidad, la nada absoluta.
Es con el hervir del mediodía cuando todo empieza a burbujear. Señores con corbata y vaso de cartón advierten desde un despacho en alto, que los nimbos vienen grises; dos madres que vigilan a los niños columpiándose coinciden en que todo es ya insostenible; el mundo del deporte: patas arriba; la economía, hundida, ahora sí; desde la televisión, informan sobre la definitiva confrontación entre gongorinos y quevedescos. Cielo santo.
Laura ya está en la cama, pero necesitaba decir a Internet, al mundo pues, que me equivoqué, que será hoy cuando todo se desmorone.
El caso es que, frente al folio en blanco… Nada. Televisión y radio apagadas. También el móvil, las luces. Corro las cortinas. Y nada. Vuelvo a mirar el folio, un sorbo, dos, otros. Silencio. Creo intuir una melodía desde alguna casa contigua. Una especie de cool jazz que olfateo por las habitaciones. Acerco el oído a las paredes mientras las subrayo con la yema de los dedos. Todo se desvanece. Me siento. Dos sorbos. Esputo tres párrafos vulgares. Esa coma no va ahí. Joder. ¿Era eso el frenazo de un coche? Glup, glup. Calor. Qué más da, mañana todo estará del revés. Rebusco en cada tripa, en anteriores entradas al blog, aquello de la inspiración. Todo es mediocre, y todo mejor que lo próximo que escribiré. Resuelvo de cualquier manera y subo las escaleras con la seguridad que dan las lecciones a posteriori. Son los últimos escalones los que anticipan los tropiezos de los primeros. Empiezo a sudar. Lecciones urgentes equivocadas. Una cremallera que no sube por las prisas, un cinturón de seguridad que en la brusquedad no desliza. Una solución que siempre llega, sólo al comprender que nada saldrá bien. Suena a lo de siempre. A eructo con aroma a ron. A riñones ahítos, y ahí todo resuena vacío. Otro texto que borrar mañana.
Al entrar con sigilo a la cama, en medio de la preocupación y el desasosiego que anteceden al Apocalipsis, Laura extiende su mano esquivando la oscuridad espesa, en un microparéntesis de desvelo. Y recorre mi cara suavemente, como quien busca una melodía por las paredes. Cierro los ojos, tembloroso por lo que vendrá mañana, después de tapar sus piernas con la sabana. Mañana volveré a olvidar lo que hicimos bien, mientras todo pasa. Aunque ahora, lo que es ahora, no pasa nada.